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La Coctelera

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6 Agosto 2011

Las ilusiones calcinadas

Para Bruno Hernández Piché

Uno de los grandes descubrimientos literarios que he realizado en los últimos años es Richard Yates, autor de siete novelas y tres libros de relatos, cuya accidentada biografía se puede sintetizar en la declaración que hizo a un reportero de Los Angeles Times: “Salir de dondequiera que esté siempre me ha parecido una idea atractiva.” Igualmente reveladora es la descripción que traza su colega y homónimo Richard Price, quien fuera alumno suyo en un taller de narrativa impartido en la Universidad de Columbia en 1974: “En persona Yates era un desastre magnífico, una presencia caótica y salvaje, una figura alta pero encorvada envuelta en una nube de humo […] Las palabras le surgían en un susurro grave y jadeante mientras la ceniza volaba y caía en ensaladas, en tarros de cerveza, en el regazo de los demás, con cada gesto.” Devoto de Hemingway y Fitzgerald, cuyas fracturas existenciales emuló de un modo más ferviente del que hubiera previsto, Yates (1926-1992) mantuvo con la ceniza una estrecha relación que sobrevivió a dos fracasos maritales —con Sheila Bryant y Martha Speer—, una neumonía contraída en Alemania en 1945 durante su servicio como mensajero del ejército estadunidense y una tuberculosis diagnosticada en 1950 poco después del nacimiento de Sharon, la primera de sus tres hijas (las otras dos serían Monica y Gina, esta última fruto de su segundo matrimonio). El vínculo entre tabaco y escritura, que lo llevó a alcanzar la titánica cuota de cuatro cajetillas diarias, se fraguó desde que Yates era adolescente; en la página dedicada a él en un anuario de Avon Old Farms, la preparatoria privada de Connecticut donde estudió al cabo de las múltiples mudanzas que siguieron al divorcio de sus padres en 1929, se lee: “A menudo los miembros de la Midnight Oil League han irrumpido en una habitación conquistada por una bruma azul para hallar a Dick inclinado sobre una novela en proceso […] Dick opina que el cigarro, el café y la noche son esenciales para el arte de la ficción.” Esencial, sin embargo, fue también la tenacidad con que este precursor del realismo sucio alimentó el fuego de la vocación literaria: sólo así pudo sortear los obstáculos que enfrentó en el medio editorial y cinematográfico —su adaptación de Tendidos en la oscuridad, la novela de William Styron, nunca se filmó— y tragar la bilis generada por la falta de un mayor reconocimiento que sin duda merecía.

A fines de junio de 1976, ese fuego se materializó en forma dramática. Una colilla olvidada en un cenicero dio inicio al incendio que destruyó el departamento que Yates rentaba en Nueva York; el autor sufrió quemaduras de tercer grado y daño pulmonar, y perdió la barba que le concedía un aura de profeta incomprendido. Quince años después, en abril de 1991, acompañado por uno de los tanques de oxígeno que no lo abandonaron en el tramo final de su vida, Yates regresó a Nueva York desde Tuscaloosa (Alabama), donde trabajaba como profesor, para asistir a un homenaje planeado por un grupo de amigos y admiradores entre los que estaban Woody Allen, Richard Price, Paul Schrader y Kurt Vonnegut. La noche previa al evento, no obstante, el autor fue víctima de un ataque respiratorio que lo lanzó a un hospital; pese a los violentos accesos de tos que lo sacudían, tuvo una idea que le permitiría compensar el pago de 15 mil dólares reunido por colegas y ex alumnos. A la tarde siguiente, el público llegó a la Biblioteca Donnell de Manhattan para toparse con un podio flanqueado por dos bocinas y ocupado por una grabadora de la que brotó, rasgada por el enfisema detectado dos décadas atrás, la voz de Yates al abrirse paso por el primer capítulo de Revolutionary Road, su debut novelístico: “Los sonidos finales del ensayo general dejaron a los Laurel Players allí plantados, sin nada que hacer, callados e indefensos, parpadeando ante las candilejas de un auditorio vacío.” Obra maestra del spleen suburbano llevada al cine por Sam Mendes con un pulso que no logra transmitir toda su feroz, letal energía, Revolutionary Road se editó en 1961 para granjear cierta fama a Yates y precipitarlo a la vez al primero de varios colapsos mentales detonados por un carácter maniaco depresivo y el exceso de alcohol. Frank y April Wheeler, los protagonistas de esta novela similar a una bomba atómica sembrada en el seno de la pareja moderna, son los fieles representantes de una mediocridad que ve sus ilusiones no sólo perdidas sino calcinadas, los pasajeros a bordo de una sonda que ausculta el corazón de las tinieblas maritales y arroja una luz tan crepuscular que pone a temblar de frío. ¿Cuántas veces hemos caminado por Revolutionary Road sin darnos cuenta, guiados por el fulgor de los televisores vespertinos? ¿O será el fulgor de la barba de Richard Yates, que arde con el fuego de la locura y el genio?

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Ciudad de México, México
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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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